Desde hace tiempo, cuando surgió la cuestión de las islas que a veces
están y a veces no, las ciudades sumergidas y otros lugares del mundo
soñado, quería compartir con los memoriosos este cuento de Sergio
Herrero sobre la Aldehuela.
Que lo disfruten, y atención al ocaso...
Alejandro González
SOTOBOSQUE
No era la primera vez, desde luego, que la Aldehuela atravesaba un
desierto, pero sí era la primera que se paraba allí, en medio de la
nada, en la fiesta de la arena y el sol donde ni siquiera los lagartos
tenían intención de permanecer más de lo preciso. Afortunadamente la
Aldehuela esta vez hizo las cosas con un poco de buen juicio, cosa que
ya muchos pensaban que había perdido, y se detuvo justo encima de un
oasis. Las casas, los jardines, la Plaza Central, el colegio y todos los
edificios se fueron acomodando al nuevo lugar, mientras el suelo se
asentaba sobre la arena según disminuía el ritmo de la respiración
jadeante de la Aldehuela. La distancia había sido bastante larga, y
además no se le ocurrió otra cosa en mitad del trayecto que echar una
carrera con la vieja locomotora que atravesaba el país de un extremo a
otro, intentando esquivar los lugares habitados. Veíamos cómo los otros
pueblos, embarrancados, adormecidos, aparecían por un horizonte y
desaparecían por el de atrás sin apenas tiempo de apreciar sus casas,
sus calles, y a las gentes que caían al suelo debido a la velocidad con
la que pasaba el suelo por debajo de ellas, cuando la cola de la
Aldehuela, descontrolada, invadía sus jardines, sus calles, sus caminos,
y que, asustadas, se incorporaban y salían corriendo a sus casas.
Algunas veces, se asomaban por las ventanas a gritarnos: «¡No hay
derecho!», «¡deberían tenerlo prohibido...!» Pero nosotros ya estábamos
demasiado lejos como para comprender lo que decían, cuanto más para
contestarles, o pedirles perdón. «Pobre gente», decían los mayores, «no
tienen por qué asustarse, pero en cualquier caso nosotros sabemos bien
lo que es no poder salir de casa: desde que a la Aldehuela le ha dado
por correr tanto, no hay manera de poner un pie en tierra sin peligro de
que se te lleve la inercia». De lejos pudimos ver también un cadáver
gigantesco de uno de esos pueblos que habían muerto de tanto crecer y
crecer. Allí la gente no se metía en las casas al vernos pasar,
simplemente porque estaban todos encerrados siempre en algún edificio, y
ni siquiera sabían si pasábamos o no. A la Aldehuela no le gustaba
acercarse a esos pueblos muertos. Temía que un día la atrapara alguno, o
quedarse enganchada por la cola y no poder soltarse ya más. Por eso, ahí
fue cuando se desvió de la trayectoria de las vías, y nosotros nos
despedimos de la gente que nos había estado acompañando durante el
camino en la locomotora, observando asombrada el aspecto de la
Aldehuela, con sus rincones tan diferentes, que cada vecino había ido
adoptando de su lugar favorito por donde habíamos pasado. Algunos
sacaban pañuelos por las ventanillas, y otros pegaban sus narices al
cristal intentando adivinar hacia dónde se dirigía la Aldehuela,
tratando de averiguar si ese desvío significaba que se iba a parar allí
cerca, y quizás la posibilidad de venir a visitarnos. A muchos, sobre
todo a los niños, nos entusiasmaba la idea de conocer a otras personas,
pero algunos tenían miedo de los extraños, y decían que hasta entonces
habíamos pasado muy bien sin ellos, y que no había necesidad alguna de
que vinieran. Sea como fuere, el pueblo no paró, y siguió, sin rumbo
fijo, reduciendo un poco la marcha, hasta dar con el oasis.
La Aldehuela encajaba perfectamente con el lugar, apenas un par de
personas se quejaron de que su casa había caído justo encima de una
duna, y que ya eran muy mayores para esas cuestas, pero a los pocos días
se reían de sus vecinos porque la duna se había movido de sitio y era
ahora la casa de al lado la que estaba sobre ella. El estanque, después
de mucho tiempo, estaba lleno de agua, e incluso el cauce del riachuelo
que nacía en la casa de la Reme, la pescadora, tenía caudal. Eso era muy
raro, porque siempre que parábamos en algún lugar donde había agua, la
Aldehuela entraba de lado allí, y la cogía a contrapelo. Entonces una de
las calles se convertía en río, y el cauce seco del viejo río gemía y se
agrietaba imaginando a los peces pasando por otros lugares. La
Aldehuela, entonces, se revolvía despacio tratando de desviar un poco de
agua hacia el cauce. Cuando lo conseguía, el cauce y el agua se amaban
tan intensamente que por las noches podían oírse sus gemidos de placer.
Luego, cuando la Aldehuela se iba y las aguas se quedaban atrás, por más
que avanzaran y avanzaran intentando no salirse del cauce, el río
lloraba y las lágrimas que brotaban de él seguían el camino hasta el
estanque, donde nos servían de reserva para el camino. Pero hoy no, hoy
el cauce no gemía de placer, porque era tal la cantidad de agua, que
había muchos peces y ranas y también insectos. El cauce se sentía bien
porque por fin se iba a reconocer su trabajo, siempre quiso demostrar
que ese era una tarea de demasiada responsabilidad como para dejársela a
cualquier calle, y en seguida se puso a hacerla, cuidando de no perder
ni una gota, mostrando orgulloso su experiencia y sin tiempo para
dejarse llevar por los placeres ni de jugar con los borbotones de agua,
como las otras veces. También era casualidad que fuese en el desierto
donde encontramos tal cantidad de agua para el cauce: eso, decían, era
señal de buena fortuna. Todos estábamos contentos, aunque los mayores
era por eso y los niños por algo muy diferente: el colegio se había
quedado enterrado por la duna más grande de todas, una duna muy vieja
que no tuvo fuerzas para levantarlo y no tuvo otro remedio que cubrirlo.
-Mamá, mamá, ¿puedo salir con mis amigos a ver el sitio donde estamos?
-No, hijo, que ya es muy tarde, está oscureciendo y podéis perderos.
Además, va a empezar a refrescar, y vamos a cenar en seguida. Mañana,
como seguro que no vais a tener clase, podréis ir. Y si no, después del
colegio.
El día siguiente amaneció soleado y caluroso, que para eso estábamos en
el desierto, por mucho oasis que fuera. Nos acercamos todos al lugar
donde estaba el colegio, y verlo aún cubierto de arena fue motivo de
júbilo entre todos los niños, todos menos los del equipo de séptimo, que
iban a jugar un partido y se encontraron con un repecho de la duna
ocupando medio campo. Los padres se juntaban en corrillos, y comentaban
que eso pasaba por haber construido allí el colegio, que siempre que
parábamos en algún lugar donde llovía estaba tan embarrado que casi no
se podía acceder a él, y que si no, pasaban cosas como ésa. Nosotros
tirábamos de las mangas a nuestros padres, pidiéndoles permiso para
recorrer todo el pueblo y ver si había quedado algo más enterrado:
-¿Me dejas...?, ¿me dejas...? -era nuestro canto.
-Vale -accedieron mirándose unos a otros, como diciéndose «si tú les
dejas, yo también»-, vale, pero no os vayáis muy lejos. ¡Y sobre todo no
os acerquéis a los lindes!
Los mayores siempre estaban diciendo eso a los niños, que no se
acercaran a los lindes, y menos aún a la cola del pueblo. La cola, la
última punta de la aldea, decían que era la parte más peligrosa, no sólo
porque cuando estaba en marcha, por mucho que fuera despacio y se
pudiese salir a la calle a ver cómo dejaba atrás los paisajes, la cola
siempre iba descontrolada; sino porque, según contaban los abuelos, allí
vivía la bruja de los confines, una vieja fea y mala que entretenía a
los niños contándoles historias una detrás de otra, hasta que la
Aldehuela se ponía otra vez en marcha. Entonces los engañaba de tal
manera que los niños se quedaban fuera de los lindes y ya no podían
volver nunca a la Aldehuela, se tenían que quedar a vivir en el pueblo
más cercano, donde nadie les querría porque les tendrían envidia por ser
de la Aldehuela. Y es que fuera nadie quiere a los de la Aldehuela,
dicen que decían que estar de un lado para otro nos volvía locos. Eso
dicen los abuelos, que siempre son los que nos cuentan esas cosas, y nos
cantan la canción de la bruja de los confines,
LA BRUJA MÁS BRÚJULA DE TODAS LAS BURBÚJULAS
QUE TE ENCUENTRA CON SU CÁNTARO
Y TE PRENDE Y NO TE QUEMA,
QUE TE AGARRA CON SUS GARRAS
Y TE AFERRA CON UN FIERRO,
TE SUJETA DE LA JETA
Y TE ATRAPA CON UN TRAPO,
QUE TE ENCOGE Y NO TE SUELTA
QUE TE ENCAJA EN UNA CAJA
TE ALMACENA EN LA ALACENA
Y TE ENCANTA CON UN CUENTO QUE TE CANTA,
QUE TE CUENTA UN CANTO QUE TE ENCANTA,
QUE TE CANTA CON ENCANTO MUCHOS CUENTOS.
Los padres nos prepararon la comida, para poder pasar todo el día fuera,
y en media hora ya estabamos todos en marcha. Fuimos cogiendo gusarapos
por el cauce del río, y viendo volar las libélulas buscando juncos en
los que posarse. El cauce había desviado el agua fuera del oasis, y al
ver la arena del desierto mojándose junto al río, la arena, el agua, y
nada más, nos lanzamos a hacer figuras con la arena. ¡Como en la playa!,
¡como en la playa que nos cuentan los abuelos! Los abuelos siempre
contaban que los abuelos de sus bisabuelos, cuando la Aldehuela aún no
sabía andar, antes del diluvio, bajaban a la playa de la aldea de abajo
y jugaban a hacer figuras con la arena. El abuelo del bisabuelo de mi
abuelo, dicen que era el mejor. A lo mejor por eso mi padre decidió un
día hacer esculturas. A lo mejor por eso a todos les gustó la que hice
en la arena. Yo moldeé una cara de una niña con el pelo del color
plateado de la arena del desierto, la arena clara y seca que recogí
lejos de la orilla en la que todos estábamos haciendo las figuras con la
arena mojada y oscura. «Una niña rubia», dijo mi hermanita pequeña, que
estaba levantando la silueta de las casas de la Aldehuela tal y como se
veían desde allí, «¿Quien es?». «No lo sé», le dije, «pregúntaselo».
«¿Quién eres?», preguntó a la figura. El sol dejó de iluminar la cara de
arena, y levantamos la vista. No había nubes. Era una niña rubia que ni
siquiera los propios dioses conocían. Miró mi figura de arena y sonrió.
«Me gusta», dijo, «se parece a mí». A mí me gustaba ella porque se
parecía a mi estatua.
-¿Cómo te llamas?, le preguntó mi hermana.
-No lo sé.
-Vamos, no seas mentirosa, todo el mundo sabe su nombre -le dije yo.
-Pues yo no. ¿Tú sabes cómo te llamas?
-Sí, yo soy Ezequías, y esta es mi hermana Ximena. Y todos los demás
también tienen un nombre -dije señalando a todos los que se agolpaban
detrás de mí-. ¿De donde vienes?
-De ningún sitio, soy de aquí.
-Pues yo nunca te he visto en la Aldehuela. Ni en el colegio...
-Yo vivo aquí, pero vuestra aldea ha enterrado mi casa. Estaba allí...
-señaló un camino de madera, como un embarcadero de los que salen en los
dibujos de los libros de aventuras, solo que rodeado de arena en vez de
agua, y enterrado en el otro extremo por una duna-. Antes, esta zona del
oasis estaba llena de agua, pero ahora se ha ido con vuestro cauce, y
las dunas han invadido el terreno, tapando mi casa. Ya podíais haber
avisado de que veníais.
-Lo siento, la Aldehuela es así de maleducada, nunca podemos saber dónde
nos lleva. ¿Con quién vives?
-Vivo sola. ¿Vosotros no? ¿Quién vive contigo?
-Yo vivo con mi hermana... y con mis padres. ¿Tú no tienes padres?
-Nunca he tenido. ¿Quién es tu padre?
-Es un artista. Bueno, era el sastre del pueblo, pero lo que más le
gustaba, aparte de diseñar los trajes, era hacer los maniquíes. Tenía
tan grandes ideas que no le gustaba que le llamasen sastre, diciendo que
él era diseñador de vestidos y estilista de cuerpos. Al principio vestía
unos palos cruzados y los ponía en el escaparate, pero luego empezó a
esculpirlos él con una masa que hacía con cosas de la basura, y cada vez
hacía más y más, y cada vez más bonitos. Y luego empezó a ponerles
nombres muy curiosos, y a la gente les gustaban mucho porque ninguno se
parecía a los otros. Y ahora, como ya es muy viejo, sólo se dedica a
hacer estatuas, y ha hecho a gente muy conocida, a Reme, que tiene una
casa donde nacía el río, al Mateo, el profe del colegio, que es muy feo,
pero mi padre decía que tenía una cara muy interesante, al capitán
Pondoro, que es un guerrero muy famoso que luchó hace mucho contra la
aldea de abajo, cuando la Aldehuela no sabía andar, antes del diluvio, y
al señor Claninlleva, el escritor de la aldea, que escribió la Memoria
de la Aldehuela que es el libro de Recuerdo, mi asignatura favorita,
aunque la da don Mateo, y que se da en el ultimo año de colegio, y donde
cuenta la historia del capitán Pondoro, del diluvio y de porqué la
Aldehuela un día se cansó de estar quieta y se puso a andar por todo el
mundo.
-¿Y por qué se puso a andar la Aldehuela? -preguntó la niña rubia que ni
siquiera los propios dioses conocían mientras se sentaba en la arena. Yo
me senté junto a ella y saqué la comida, ofreciéndole compartirla, pero
ella la rehusó. Los demás sacaron sus comidas y se sentaron alrededor
mientras escuchaban nuestra conversación, aunque luego se aburrieron y
en cuanto acabaron de comer siguieron haciendo figuras en la arena.
-Por lo del diluvio y la iglesia. Bueno, el señor Claninlleva escribió
en la Memoria de la Aldehuela que fue por culpa del gobernador de las
tierras donde estábamos, pero el don Mateo, que es un poco pelota, dice
que no era culpa suya que se decidiera hacer un embalse encima de
nuestra Aldehuela. El caso es que un día, hace muchos años, el cura
reunió a los abuelos de los bisabuelos de nuestros abuelos en la iglesia
y les dijo que tenían que abandonar la Aldehuela porque se iba a
construir un embalse allí y las casas iban a quedar hundidas en las
aguas. Todos los vecinos se quejaron y se enfadaron, y pusieron el grito
en el cielo, pero no sirvió de nada. Al cabo de unos meses, vieron cómo
se terminaba de hacer el gigantesco muro de hormigón frente al que
tantas veces se habían manifestado contra su construcción llenándolo de
pintadas que decían: «Aquí, antes de los peces vivían personas», «Viva
el FFME: Frente Frente al Muro de Enfrente», «Si queréis agua, a los de
la aldea de abajo no les importa daros la del mar» y cosas así. Mi
abuelo dice que su bisabuelo le contó que su abuelo le dijo que un día
el Bartolo, que debía ser el tonto más tonto de la Aldehuela, pintó en
el muro del embalse «Mueran los de la haldea de avajo», y todos le
corrieron a gorrazos hasta que tuvo que salir de la Aldehuela, porque
todo el mundo quería estar a bien con los de la aldea de abajo, que ya
habían costado bastante las conversaciones para hacer la propuesta de
que dejasen coger el agua del mar, y además era allí donde iban a
trasladarse los vecinos si se hacía el embalse, aunque al principio
nadie quería porque las aldeas siempre habían estado enfrentadas. Pero
esto me lo contó mi abuelo, y no viene la Memoria de la Aldehuela. El
caso es que al final, como el agua del mar no sirve para beber, se
tuvieron que ir, y los vecinos de la aldea de abajo les recibieron de
mala gana. Todos criaron una pena grande como la Aldehuela, pero
concentrada justo debajo del corazón, y allí instalada era como si sus
casas estuvieran sumergidas en su sangre. También la Aldehuela estaba
triste porque todos se habían ido. Pero cuando ya la Aldehuela estaba
cubierta de agua, y sólo se la podía ver a través del agua clara del
embalse, y sólo se asomaba a la superficie el gallo de la veleta que
estaba en el campanario de la iglesia, el cura, que iba todas las tardes
antes de la hora de misa a verlo, tuvo más añoranza que nunca. Era un
sacerdote joven, dicen que huérfano, como tú, y que siempre había vivido
allí, criado por el cura anterior, que ya había muerto. Todos decían que
era un cura muy moderno, porque tenía una moto con la que subía y bajaba
de la aldea de abajo al embalse y del embalse a la aldea de abajo. Y tan
moderno era el sacerdote, que un día alquiló una escafandra a los
guardacostas de la playa de la aldea de abajo, que se rieron mucho de él
cuando les dijo que no quería el traje negro porque para eso ya tenía él
su sotana; pero él no hizo caso de las bromas de los guardacostas, se
puso la escafandra sobre su sotana y se echó al agua. El cura se
sumergió bajando por el campanario, mientras oía cómo las burbujas que
soltaba y las que escapaban de sus vestiduras subían por el agua y
mecían la campana con un tañido ahogado. Recorrió todo el claustro entre
los bancos donde se sentaban sus fieles, sacó las reliquias de las
sacristía, que nunca se quiso llevar de allí porque decía que siempre
habían pertenecido a la iglesia, y cuando llegó al altar, comenzó a
pensar una misa. Después se arrodilló ante la imagen del altar y,
emocionado, se acercó hasta él como nunca antes pudo hacerlo, rodeado
como estaba de ornamentos (lo de los ornamentos no sé qué es pero así lo
pone en la Memoria de la Aldehuela). Entonces el cura se abrazó a la
estatua -que la había hecho el abuelo del tatarabuelo del bisabuelo del
abuelo de un antepasado mío- se quitó el regulador y comenzó a besarla
devotamente (que tampoco sé lo que es) y cuando le dio un beso en los
labios, notó que por el agujero de la boca le llegaba aire, y que desde
entonces ya pudo respirar, y soltó la escafandra. Entonces repitió la
misa ahora a viva voz y en místico arrobo ante el milagro. (Esto tampoco
sé lo que significa)...
-Bah, no sabes lo que significa nada, así no vale -protestó la niña
rubia que ni los propios dioses conocían.
-Pues tú tampoco lo sabes, y si lo supieras lo entenderías todo. Además,
yo saqué la nota más alta en Recuerdo, y tú no has ido al colegio de la
Aldehuela; pero no importa porque esta parte da lo mismo.
-Vale, pues entonces sigue...
-Pues el cura luego fue a la aldea de abajo y contó el milagro. Como
nadie le creía, al día siguiente bajó y les trajo el cáliz de la iglesia
después de decir la misa y les dijo: «Dichosos los que tienen fe sin
haber visto». Entonces, al día siguiente, algunos siguieron al cura en
su moto hasta el embalse y vieron cómo se zambullía sin escafandra ni
nada y subía al cabo de media hora, tras haber dado la misa, así que le
creyeron. Él repitió lo de la fe y se fue anunciando: «Voy a venir todos
los días a dar la misa. Quien quiera, que siga mi camino; quien no, se
habrá apartado del sendero del bien». Bajó entonces un coche hasta la
playa y volvieron varios al cabo de un rato con unos guardacostas de la
aldea de abajo que querían comprobar lo que el cura había hecho creer a
todos y con los maleteros llenos de equipos para poder sumergirse en las
aguas del embalse. Los guardacostas, junto con algunos jóvenes, bajaron
y comprobaron el milagro: besaron la figura y esperaron a que bajaran
todos para que diera comienzo la misa. A los guardacostas no les servía
de nada besar la escultura, porque como eran de la aldea de abajo, el
milagro no era cosa de ellos, pero se quedaron allí abajo con las
escafandras puestas mientras observaban todo aquello sin apenas poder
creérselo. Poco a poco todos los que habían subido aquel día al embalse
acabaron sumergiéndose hasta el altar de la iglesia: los jóvenes y el
Eusebio, que era un tío muy bestia que me dijo mi abuelo que el abuelo
de su bisabuelo contaba que siempre ganaba a todo el mundo en todas las
apuestas, echando pulsos, levantando troncos, corriendo, saltando y
nadando, por lo que se negó a ponerse aparato alguno diciendo que eran
inventos del demonio que en realidad no valían para nada, y que si los
demás podían aguantar tanto tiempo debajo del agua sin respirar, él no
iba a ser menos, dicho lo cual se lanzó directamente al agua, pero
cuando ya había descendido todo el campanario no sabía muy bien por
donde seguir, y se hubiera ahogado si los que estaban allí abajo no le
llegan a llevar cogido de los hombros hasta la imagen y le obligan a
besarla. Entonces los más valientes de los que se habían atrevido a
competir siempre sin éxito con el Eusebio bajaron al día siguiente como
lo había hecho él, y cuando ya besaron la figura se rieron de él, que
muerto de vergüenza no había querido ya subir pensando que allí nunca le
encontrarían. «¡Eusebio, que estás ya viejo!», le decían. Desde entonces
el Eusebio ya no volvió a competir en nada, pero todo el mundo reconoció
que había sido el hombre más fuerte del pueblo que se había conocido
jamás y dice mi abuelo que el abuelo de su bisabuelo le hizo una estatua
que está en la Plaza Central. Aunque en la Memoria de la Aldehuela no
dice nada de esto, y pone que la estatua es del capitán Pondoro, el que
luchó contra los de la aldea de abajo, pero esta estatua no se parece a
la que ha hecho mi padre para ponerla en el escaparate de su tienda, así
que no debe ser él. El caso es que al cabo de unos días, todos los
vecinos de la Aldehuela vivían de nuevo allí. Las mujeres, cuando
bajaron, volvieron a la aldea de abajo gritando ¡Milagro, milagro!, y
las familias recogieron a los hijos, bajaron a la iglesia hundida, y ya
volvieron a sus casas que nunca habían querido abandonar.
-Todo eso que me cuentas es muy curioso, pero entonces... ¿Qué hacéis
ahora en el desierto? ¿Por qué vuestra Aldehuela no quiso irse del lugar
donde construyeron el embalse y sin embargo ahora nunca está en un sitio
fijo? ¿Y la iglesia...? Porque llevo un rato mirando hacia las casas y
no distingo el campanario... ¿Dónde está?
-Se quedó allí. Pero eso fue mucho después.
-Vale, sigue.
-Cuando ya todos estaban instalados de nuevo en las casas sumergidas de
la Aldehuela, los vecinos de abajo venían a menudo alrededor del muro
del embalse, y observaban la Aldehuela desde arriba. Dicen que les
gustaba verlos vivir allí abajo, y un día les pidieron permiso para
solicitar al gobernador que cambiase el muro de cemento por uno de
metacrilato. El gobernador se enteró de todo y, tras una visita oficial
a la iglesia de la Aldehuela, que no le sirvió de nada, puesto que por
muchos besos que dio a la estatua no pudo quitarse en el resto de la
visita el respirador, permitió el cambio del muro, que se instaló en
seguida pegado al otro, y cuando ya estuvo bien fijado, los vecinos de
la Aldehuela quitaron las piedras una a una para que se les pudiera ver
desde la aldea de abajo, como agradecimiento a los que les acogieron
cuando tuvieron que dejar sus casas. El libro del colegio dice que fue
muy emocionante para todos los de la Aldehuela, porque desmontar el muro
era algo «simbólico», porque ese era el muro frente al que se habían
manifestado en contra de su construcción y fue el que les sacó de allí.
Los bancos de la Plaza Central se cambiaron por piedras del muro, como
recuerdo de ese día, pero hoy los han cambiado por otros de madera.
-¿Por qué?
-De pequeño me dijeron que porque son mas ligeros y así el pueblo puede
correr mejor, pero eso no es verdad porque las casas son de piedra y el
pueblo corre cuanto le da la gana. Lo que pasa es que nadie quiere
acordarse de los días en el embalse.
-¿Por qué?
-Por todo lo que pasó después. A la aldea de abajo fueron muchos
extranjeros para ver la Aldehuela a través del muro transparente. Nadie
hacía nada especial, pero la gente iba para ver cómo se levantaban los
de la Aldeuela para trabajar, cómo se afeitaban o se peinaban, cómo se
trabajaba en la huerta de algas o cómo la abuela de la bisabuela de la
abuela de la Reme, que también era pescadera, pescaba los peces con sólo
alargar la mano. Les gustaba ver a los niños estudiando en el colegio, y
cómo al decir la tabla de multiplicar a todos les salía exactamente el
mismo número de burbujas que la tabla que estaban diciendo, que luego
salían por la chimenea como si fueran humo. Les gustaba ver cómo comían
y se lavaban los dientes
en fin todo. A veces se acercaban al muro y
saludaban a la gente, y les respondían a sus preguntas: siempre les
preguntaban si ensayaban todo eso mucho tiempo, y les contestaban que no
había nada que ensayar, aunque la verdad es que cada vez se
acostumbraron más a hacerlo todo en los jardines de las casas para que
se les viera mejor (algunos incluso se quedaban allí a dormir). Los de
la aldea de abajo comenzaron a ganar mucho dinero y los de la Aldehuela
vieron que eso era un gran negocio. Como las ganancias se repartían, los
de la Aldehuela empezaron a abandonar sus casas y a vivir justo frente
al muro transparente, haciendo todo tipo de espectáculos para que
viniera más gente a verles. Sólo volvían a casa por la noche, muy tarde,
para acostarse.
-¿Y qué cosas hacían?
-No lo sé, supongo que números de acrobacias o así, eso en la Memoria de
la Aldehuela no lo dice, da igual, porque lo que si dice es que el caso
es que dios se enfadó porque la gente había dejado de ir a la iglesia,
ocupados en el espectáculo para ganar dinero, y envidioso por no poder
participar con su iglesia en el espectáculo, decidió que ese año no
lloviera, y como hubo tanta sequía el agua del embalse comenzó a bajar,
hasta que sólo les llegaba a los de la Aldehuela por las rodillas. Y
entonces el cura les explicó que eso que habían hecho no estaba bien, y
que por eso las aguas se habían secado.
-Pero tú me hablabas de un diluvio, no de una sequía...
-Sí, pero eso vino luego. Pero bueno, eso ya te lo cuento mañana, que
está empezando a anochecer y nos esperan para cenar.
-No está anocheciendo, sólo está atardeciendo...
-Eso es lo mismo.
-No, no lo es. Sígueme contando tu historia y luego te cuento yo la
diferencia entre el atardecer y el anochecer.
-Vale, pero cuando comience a anochecer, avísanos, que tenemos que
regresar. Pues mira... resulta que nadie le hizo caso al cura, y todos
se fueron a la aldea de abajo, y con el dinero que habían ganado
mandaron construirse casas de cristal. Las levantaron junto a las casas
de los vecinos que los acogieron cuando se construyó el embalse, y luego
las llenaron de agua del mar y se metieron a vivir dentro. Al poco, la
aldea de abajo comenzó de nuevo a llenarse de turistas y comenzó a
crecer y a crecer y a crecer. Dicen que dicen que creció tanto y tanto
que, pese a lo que ocurrió después, ya no paró de crecer, y ahora es uno
de esos pueblos muertos a los que ya no se quiere acercar la Aldehuela.
El caso es que una mañana se levantaron los vecinos de la aldea de
abajo, que ya no era ni aldea ni de abajo, porque ocupaba todo el
terreno de la zona, y se encontraron con que los de la Aldehuela estaban
todos muertos. Se les podía ver flotando en los techos de sus casas de
cristal, como si nunca hubieran estado viviendo allí, como si todos esos
años pasados por agua hubieran sido un sueño. Sólo los niños estaban
dormidos en sus camas, liberando sus sueños entre las burbujas. Pero, a
medida que iban despertando, comenzaban a notar un picor en la garganta,
y ya no podían respirar. Dicen que el cura, que salió de su iglesia del
estanque vacío y abandonado cuando oyó los gritos de los vecinos al ver
sus fuentes de ingresos ahogadas, iba corriendo de casa en casa sacando
por la ventana del desván a los niños que se iban despertando, ayudado
por los vecinos que le sujetaban la escalera mientras observaban cómo
subía, abría la ventana y, con esos movimientos ralentizados que ya se
habían acostumbrado a ver y que ya nunca más disfrutarían, se acercaba
hasta la cama del niño, le cogía en brazos y salía por la ventana,
bajando por las escaleras mientras rezaba entre dientes. Así fue como
salvó a todos y sólo quedaron de la Aldehuela los hijos de los abuelos
de los bisabuelos de nuestros abuelos.
-¿Y por qué murieron todos?
-Dice el libro del colegio que las investigaciones de los científicos
demuestran que fue por que la sal del agua del mar se fue quedando
pegada a sus gargantas hasta taponarlas, pero lo que todo el mundo sabe
es que aquel fue otro castigo divino.
-Y... ¿qué pasó con ellos? ¿Y el diluvio?
-El cura se llevó a todos los niños a la Aldehuela, y los crió en su
iglesia como lo habían criado a él. Les prohibió salir de los muros que
rodeaban la Aldehuela, y sólo podían ver a las otras personas mayores a
través del muro. El cura les contó toda la historia de la Aldehuela, la
misma que te he contado a ti, y les habló del milagro y de dios. Pero
muchos niños habían nacido ya bajo las aguas y no les importaban las
historias del cura, y lo único que sabían era que ese dios del que tanto
les hablaban era el que había matado a sus familias, y odiaban al cura
por quererle y obligarlos a rezarle. Entonces dios hizo que comenzara a
llover y llover y no parara de llover y se inundara el embalse...
-¡¿Otra vez?! -interrumpió la niña rubia que ni los propios dioses
conocían.
-Eso mismo es lo que dijo la Aldehuela. Pero tú... ¿No me preguntabas
por el diluvio todo el tiempo? Pues es este... aunque si quieres, no te
lo cuento.
-No, no, cuéntamelo, aún está atardeciendo y queda un ratito hasta que
anochezca...
-Pues llegó el diluvio y la Aldehuela, que no estaba dispuesta a
quedarse sumergida otra vez, porque luego se resentía de las piedras, y
le dolían las entrañas de tanta humedad, fue ahí cuando decidió ponerse
en marcha. Y desde entonces no ha parado, y aquí estamos nosotros. Hemos
recorrido todo el planeta, pero hay algunas zonas que a la Aldehuela no
le gustan nada: los cadáveres de pueblos que se encuentra a su paso y el
mar. Nunca ha ido a la costa, no le gusta el mar, no sé si por la gran
masa de agua que dicen que es, o porque cuando nos fuimos, la inundación
que produjo el diluvio fue tan grande que el mar creció y creció, y
cubrió todo lo que fue la aldea de abajo, el solar donde estaba la
Aldehuela y muchas de las casas nuevas de la gente que se había
instalado allí.
-Y... ¿qué pasó con la iglesia? ¿Y con el cura?
-Se quedaron allí. La Aldehuela estaba ya cansada de todo aquello, y
dejó allí la iglesia. El cura, que no estaba dispuesto a abandonar su
iglesia, se encerró en ella, esperando a que llegaran las aguas del
diluvio. Por eso no puedes encontrar el campanario, ahora no tenemos
iglesia, ni cura, ni a ese dios que provocaba las inundaciones... ni
tampoco se ha querido votar a ningún gobernador. De aquel lugar, no se
sabe si el agua se volvió a retirar después o no, ni qué fue de toda la
gente que allí vivía. Dicen que un niño de los que partieron con el
pueblo durante el diluvio aún vio entre las aguas girar la luz verde del
faro de la costa. Quizás a ellos también les enseñó el cura el milagro
que les permitía vivir bajo el mar...
-Y ¿por qué vuestra Aldehuela...? -La niña rubia que ni siquiera los
propios dioses conocían enmudeció de súbito y miró hacia el sol.
-¿Está ya anocheciendo? -pregunté, y desvié mi mirada hacia el sol. Una
silueta se acercaba hacia nosotros corriendo, gritando, llorando:
-¡Se va... se va... Que la Aldehuela se va...!
Me levanté con todos los demás y fuimos a su encuentro.
-¿No lo veis...? La Aldehuela se está marchando.
En el horizonte, las siluetas de las casas se desplazaban ante la puesta
del sol. Justo delante nuestro, la cola comenzó a arrastrarse y a
remover la arena sobre nosotros. Entre la polvareda, corrimos intentando
alcanzarla sin éxito. Nos quedamos parados en la arena, solos en mitad
del desierto, mientras oíamos las aguas del río fluyendo hacia su cauce
en el oasis, mirando cómo la Aldehuela desaparecía en el horizonte. Me
volví con la intención de llamar a la niña rubia que ni los propios
dioses conocían, pero no tenía nombre alguno con el que dirigirme a
ella.
-¡Eh! -grité por fin- ¡Eh! ¡Ayúdanos! ¡No podemos quedarnos aquí!
¡Queremos volver!
Pero nadie respondía a mi llamada. Todos comenzaron a gritar
desesperados:
-¿Dónde estas?
-¡Espera!
-¡No nos dejes aquí!
-¡Aún no nos has contado la diferencia entre atardecer y anochecer!
-recordé, intentando convencerla-. ¡Lo prometiste!, ¡lo prometiste!
-comencé a llorar de rabia-. ¡Ha sido culpa tuya! ¡Todo ha sido por tu
culpa!
Y mientras lanzaba puñados de arena sobre el viejo embarcadero
abandonado, por donde el agua del río comenzaba a fluir de nuevo, mi
hermana se me acercó:
-Era la bruja de los Confines, ¿verdad?
-No, Ximena. Las brujas no existen. Sólo nosotros somos nuestras brujas,
nuestros fantasmas, nuestros monstruos -respondí sin saber como. Me
quedé pensando en lo que había dicho. También me estaba respondiendo a
mí. Mientras acariciaba el pelo de mi hermana me sentí extraño-. Ella...
creo que nunca sabremos quién era.
-¿Y ahora qué pasa? ¿Es el fin del mundo, verdad?
A eso sí que no supe que responder. Comenzamos a andar hacia el oasis,
con el desesperado deseo de encontrar ayuda. Yo iba pensando en algo que
me decía mi padre: «Un día madurarás y entonces te darás cuenta
realmente de lo que es perder algo irrecuperable». Sin duda ese día
había llegado, y me di cuenta de que había perdido mucho más de lo que
nunca imaginé. Conocí entonces un desierto vacío cobijado en mis
entrañas aún más grande que el que nos rodeaba. Y comprendí que ya nunca
me abandonaría, que crecería allí dentro conmigo. De nada había servido
la advertencia de mi padre ante algo irremisible. Tampoco las de los
abuelos. Los abuelos, pensé, tenían miedo de lo peligroso que puede ser
escuchar historias: a veces te atrapan y puede ser muy difícil soltarte.
Y eso nos lo contaban precisamente con sus propias historias: no podía
hacerse de otro modo. Pero lo que nos ocultaron es que la magia que te
atrapa al contarlas es aún mayor. Eso nunca nos lo dijeron. Y yo ya no
podré dejarlo nunca.
Y mientras me sometía a esa debilidad de por vida, mi hermana Ximena se
abrazó a mí:
-Tengo miedo. Esta será una noche sin cama, ¿verdad? Echaré de menos mi
manta, no podré abrazarme a mi almohada, el arrullo con que nos mecía la
respiración de la Aldehuela para adormecerme... Creo que no podré volver
a soñar jamás. Y mañana... mañana echaré de menos tantas otras cosas...
Yo continué mudo durante un tiempo y luego la mandé callar. No soportaba
todo lo que decía. Por fin, la consolé, «puedes dormir abrazada a mí
siempre que quieras» le dije «no te sueltes, yo también lo necesito».
En el ocaso, nuestras siluetas entraron al oasis. No se oía nada. Sólo
el viento. La última luz enrojecía el desierto y alargaba nuestras
sombras, y aún otra: sobre la arena, emergía el gallo de la vieja veleta
de un campanario.
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