From: "daniel mathews"
<cuco@uncp.edu.pe>
Date: Thu, 14 Jan 1999 09:22:19 -0500
Leyendo las contribuciones de Alejandro sobre las pinturas rupestres y ese efecto mágico que la imagen de un objeto produce sobre el mismo recorde una costumbre aymara (cultura que se desarrollo en el altiplano del lago Titicaca, entre Peru y Bolivia para hablar en términos mas gruesos). Es un muñeco que "fuma" ya que tiene suficiente circulación de aire.
La costumbre es "regalarle" algo: una casa, un auto o mas propiamente un camion para el comercio agrícola, dólares, etc y hacerlo fumar. Por supuesto el regalo es lo suficientemente pequeño como para que pueda quedar prendido del muñeco. Son juguetitos que se llaman "alacitas". Sin embargo lo más probable es que no pase el año sin que tengas en grande lo que regalaste en pequeño.
EXPLICACION AYMARA: el Ekeko es
el dios de la abundancia y te ayuda a conseguir el objeto.
EXPLICACION OCCIDENTAL: Apenas uno compra el alacita comienza
a procurar comprar el objeto.
De todos modos entre las pinturas rupestres de hace 5000 años
o mas y las costumbres de hoy se mantiene la relación entre
el objeto y su imagen
Daniel Mathews
From: "Alejandro González"
<agonza59@encina.pntic.mec.es>
Date: Sat, 16 Jan 1999 04:21:05 +0100
Sobre las dos interpretaciones
(la aymara y la occidental) de la
eficacia de los dones al Ekeko, puede, Daniel, que no estén
tan lejanas:
ya dice nuestro propio refranero cosas como «a Dios rogando
y con el
mazo dando» o «ayúdate y Dios te ayudará»
(e incluso aquello de «al que
madruga, Dios le ayuda» se puede leer así).
Creo que los antropólogos de campo, de Malinowski en adelante, siempre han constatado que, cualquiera que sea la eficacia que se pone en la encomienda a un dios de la fertilidad, ningún campesino deja de arar cuidadosamente sus campos, arrancar malas yerbas, etc.
No sé, por otra parte,
si era don Bronislaw quien refería la anécdota de
que, habiéndole señalado el sabio al nativo piadoso
que dejaba comida y
bebida a los espíritus el hecho muy visible de que pasaban
los días y
las ofrendas seguían tal cual, recibió la aclaración
(que hay que
imaginarse displicente, como aclarando cosas a un niño,
un forastero o
un tonto) de que los espíritus, obviamente, no se comen
las cosas, sino
los espíritus de las cosas (y hay por ahí noticia
también de lo malo que
es comerse esas cosas que han perdido su espíritu).
«Aparte de la significación gramatical del lenguaje,
hay otra, una
significación mágica, que es la única que
nos interesa» (V. Huidobro)