31/10/99
por Jorge Claudio MorhainEncima de todo, soplaba el viento.
Soplaba como para arrancar las casas de cuajo, con eucaliptos, laureles y
rosales incluidos.
Blanca apretó el mate, como si el calorcito tuviera algo humano, y lo
devolvió a Enrique, que cebaba apesadumbrado.
-Va siendo hora de que llegue...-dijo.
-Ajá... - Casi todos asintieron en silencio: Blanca, la gordita, Julia, la
rubia, Hernán, el flaco, y don Piojo, el puestero, el más acurrucado de
todos, entre su poncho y sus bombachas anchísimas.
-Miren que cuando llega, llega fiero, eh...
-No sé por qué se calientan. ¿Desde cuándo creen en supersticiones
campesinas?- Juancho, el tucumano que los había invitado a la estancia, era
el único que insistía en seguir riendo cuando todos temblaban. -¿Van a creer
en los cuentos de un peón zonzo e ig...?
-Ignorante. Digaló nomás, don Juancho. Ignorante. No he ido a la secundaria,
como usted...
El aullido, largo, penetrante, zanjó la discusión. El único que rió fue
Juancho. Pero, ¿qué quieren que les diga? Sin convicción ninguna.El Familiar es un peón transformado en bestia, había contado don Piojo. Sólo
se lleva bien con los patrones, que a veces lo usan para cuando hay
malestar, por alguna cuestión de demora en el pago o pedido de aumento.
Entonces el perrazo de ojos de fuego y aliento de brasero corre por los
galpones de la peonada hasta encontrar a su víctima y...Alguien llamó a la puerta.
-Nadie se mueva- dijo Juancho, tomando el atizador de la chimenea; para peor
había estado entre las brasas, casi al rojo. Juancho hizo señas a todos para
que se apartaran, en silencio, del círculo que rodeaba el fuego. El temor
había empezado cuando Atilio, el peón, no había vuelto a la hora señalada, y
entonces don Piojo se mandó su cuento, y con la confirmación de Julia la
rubia, que de mitos argentinos sabía un rato.
Y ahora el Familiar llamaba a la puerta. Resollando.
-¡Ay!- se le escapó a Blanquita.
-¡Abran!- ordenó el Juancho, apagando la luz.
El ventarrón azotó el fuego de la chimenea, que subió en una lengua hacia el
hueco profundo. La sombra entró, tambaleante, buscando una presa.
-¡Ah! ¡Ah!- Juancho lo azuzaba desde la oscuridad, brillando apenas el
atizador al rojo. ¿De dónde había sacado tanto valor este pibe?
-¡Gaaagh!- gritó el Familiar, avanzando agachado hacia las chicas, que se
habían hecho madeja a los pies de la cómoda. Un ramalazo oscuro surcó la
pieza, poblado de reflejos encendidos, y cubrió al monstruo. Juancho saltó
hacia él, con una carcajada, alzando el atizador muy alto.
-¡Paren, pues! ¡Paren, patroncitos!- ¿Ese no era Atilio? ¿Se nos habría
emperrado el muchacho?
-¡Atilio!- gritaron todos menos Juancho y don Piojo, cuando el peón se quitó
la cortina de encima.
-Todavía que unos e cae del caballo y viene lastimado y medio a la rastra,
ustedes lo reciben a las trompadas! ¡Achalay con los puebleros!Don Piojo encendió las luces, y fue a buscar chocolate caliente -vaya a
saber por qué sabía del chocolate-.
Pero, antes de que todos soltaran la risa histérica que había estado
rasguñándoles por dentro, alguien (¿algo?) aulló largo, penetrante. Y un
revoltijo de ramas y latas desparramadas, allá afuera, se fue perdiendo
hacia la galponada de los peones del cañaveral.
Don Piojo se santiguó en silencio.
Entonces advirtieron que el Juancho ya no estaba en la casa...------
Tomado de http://www.ciudadfutura.net/mistico/mitos/america/familiar.htm
:"El Familiar"
Se conoce al perro como fiel amigo del hombre, pero también puede ser un
eficiente embajador del Diablo, el terrible guardián de los pactos que
se celebran con él.Quién no oyó hablar del mítico Cancerbero, el de tres fauces, ojos
rojos, pelo negro y cerdosos y grandes uñas, que guardaba la casa de
Hades. Si bien este mito remonta a los más antiguos estadios de la
civilización greco-latina, nuestro Familiar tiene rasgos propios que le
dan plena ciudadanía en nuestra cultura. Entre nosotros, en su imagen
más difundida, es tambíen un perro negro (el color de la muerte y el
pecado), de refulgente mirada (hay quien dice que echa fuego por la boca
y los ojos) y largas uñas, capaces de desgarrar a la víctima en un
santiamén, pero nunca de tres cabezas. Aunque con menor frecuencia, toma
asimismo la forma de otros animales, como el cerdo, viborón (como el que
había en una bodega de Cafayate), tigre, puma, oveja, burro, caballo y
hasta de una mujer. Su aspecto es siempre terrible, pero no se distancia
mucho de la naturaleza, si exceptuamos el caso de una serpiente de dos
cabezas que merodeaba el campo santiagueño. Cualquiera sea la forma que
asuma, el FAMILIAR se alimenta de carne humana. El patrón de estancia o
dueño de ingenio (al parecer los únicos que prolijan a este animal)
tendrá que suministrarle un peón al año, que es su ración mínima, aunque
hay pactos que establecen una dieta más nutrida.En la vida cotidiana de los campesinos, más que un mito parece una
realidad. Cualquiera de ellos tendrá siempre mucho que contar respecto a
esta encarnación demoníaca. Dichos perros se multiplicaron demasiado
hacia finales de siglo, con el auge de la industria azucarera. Los
dueños de ingenio se enriquecieron de la noche a la mañana, y la
mentalidad popular encontró pronto explicación. Había ojos de fuego que
se paseaban por la noche del cañaveral. Espantosos ruidos de cadenas.
Feroces y fugitivas formas que dejaban al pasar un fuerte olor a azufre.
Y peones golondrinas que desparecían de pronto, sin despedirse de nadie.Corría entonces el rumor de que en los sótanos o en las chimeneas del
ingenio había un perro negro. A veces el patrón lo soltaba para que
eligiera la víctima de su gusto, en correrías que enloquecían a los
demás perros, y que solo el canto del gallo podía interrumpir. En otros
casos, el solícito industrial le llevaba con engaños al peón, y se lo
entregaba. Si el patrón faltaba al pacto, él mismo iba a parar a las
fauces del diabólico animal.Nada le hacen al "FAMILIAR" las balas ni el filo de los machetes. Solo
retrocede ante la cruz de un puñal. Es decir, cede al poder del signo y
no del arma.Autor: Adolfo Colombres
Enviado por Mariana