El Lago de Sanabria y sus leyendas 16/2/2000
Éste es uno de los mensajes más felices que haya escrito en mucho tiempo
a la lista. ¿Se acuerdan cómo hace unas semanas preguntaba yo si habría
alguien tan gentil como para localizar y enviarme cierto artículo de A.
García Calvo sobre las leyendas del lago de Sanabria, en Zamora (Spain)?
Pues les confieso que el paso de los días sin contestación me había
puesto murrio y poco confiaba ya en que hubiera tanta gentileza
desinteresada por el mundo; y bien, como siempre que uno piensa mal y se
pone realista, me equivocaba.Griselda, memoriera que bien conocéis todos, ha sido tan gentil no sólo
de localizar el texto, sino de transcribirlo. Así, le debemos todos
poder disfrutarlo ahora. Antes, cuando pensaba mejor, me solía repetir
como una simple constatación que nunca se puede estar seguro de que no
estemos dispuestos a dar lo mejor de nosotros mismos porque sí,
violentando las estadísticas y las previsiones razonables. Y como no era
yo personalmente quien lo pensaba, pues tenía razón (o razón me tenía).Que ella les guarde y que lo disfruten
Al.
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VISLUMBRES DEL LAGO DE SANABRIA
HISTORIAS FICTICIAS Y REALES DE UN SINGULAR PAISAJE DE ZAMORA
Ahora, con este otoño manso, tal vez puedas dejarte perder, en un
descuido, por las breñas de Sanabria, y de pronto, al asomar por una
cresta, ver allá en su cuenca, desnuda de hombres, áspera de robles y de
brezos y de helechos, el lago aparentemente sereno, preguntándose al
cielo: «¿qué son esas cosas que pasan?», y el cielo preguntándole a su
vez: «¿qué pasa por ahí abajo?».Pues érase que se era que aquí no había lago, que era la villa de
Valverde (o Villaverde que casi no me acuerdo) de Lucerna, con sus
talleres de espalar y tejer el lino y con más quizás de 300 cabezas de
vacada; hasta que aquella víspera de fiesta que estaban las mujeres
amasando y metiendo al horno de cada cual los panes y las tortas entró
por el pueblo arrastrando su capa roja desgarrada un joven peregrino y
pidió una pella de masa en un horno y no le dieron, y en otro tampoco,
ni en otro, ni el otro, y así hasta el cabo de la villa, que era la
choza del campanero, donde se compadecieron las mujeres y le dieron el
panecillo, que él, en besándole, le dijo al campanero: «Unce el par de
bueyes a la carreta, arranca de la torre una de las campanas y cárgala
con tus enseres y vais ya subiendo arriba hasta la cresta antes que la
noche caiga».Dicho y hecho; y el peregrino (que en verdad era Cristo resucitado)
hincó en el suelo su cayado diciendo: «Aquí finco mi bastón: aquí salga
un gargallón», y al momento el agua a borbollones se puso a llenar el
valle y anegó en pocas horas todo el pueblo, hasta que quedó, sereno, el
Lago y la campana que se hundía le decía a la otra: «Tu te vas a
Verdosa, yo me quedo en Bamba y en vida del mundo seré sacada». Que es
por lo que en la noche más corta del año los que tienen la conciencia
limpia pueden oír como tañe del hondo del Lago la campana.LEYENDA Y REALIDAD
Así es, mas o menos, como de varias bocas de pueblos de Sanabria lo
recogió Luis Cortés (bendita sea su memoria) cuando de estudiante en
Salamanca, hace 50 años se fue a meter por aquellos montes, tan
retirados entonces del mundo todavía, a rastrear voces y costumbres
populares. Y él mismo luego, como fino y honesto investigador, vio bien
que el nombre de Lucerna era el de una de las ciudades fantásticas, pero
no tan fantásticos sus nombres, que las crónicas y cantares de gesta
franceses contaban entre las muchas que en España habría tomado
Carlomagno, y que seguramente no había estado aquella Lucerna en el Lago
de Sanabria, sino en otro sitio situado, mas propiamente, en las rutas
del camino de Santiago y que lo que debió pasar fue que al venir los
cistercienses a establecerse en el monasterio de San Martín de Castañeda
en la ladera del Lago de Sanabria (ahí puedes verlo en pie todavía casi
de milagro), alguno de los monjes sacó de los libros la leyenda y la
hizo injertarse en este lago.Así sería, pero tales son los avatares de las leyendas que, así como
unas veces pasan de las bocas innumerables de la gente a quedar fijas en
literatura, así también otras veces vuelven, como ésta, a salirse de las
letras y cobrar nuevamente vida en las voces y memorias de la gente. No
es tan fatal el dominio de las letras sobre el pueblo, ni tan
inviolables los limites (¿no está en «leyenda» el verbo leer al cabo?)
entre la vida y la literatura. Y después de todo: ¿que es eso de
«leyenda» o «mito» que tanto se distinga de la realidad de los
historiadores y de la Ciencia?LITERATURA Y VIDA
Más aún: años antes de que cayéramos nosotros por Salamanca al otro lado
de la Guerra Civil, en 1930, Don Miguel de Unamuno se lanzó, en una de
sus incursiones por las sierras de Sanabria (entre sus fieles
acompañantes andaría mi padre, a buen seguro) y allí descubrió el Lago,
y de tal modo quedó prendido a su memoria que en Valverde de Lucerna
hubo de situar la historia de _San Manuel Bueno mártir_, del cura que en
guerra perdida de su fe agonizaba y al frente del libro puso aquellos
versos en que, entre recuerdos de los monjes de San Bernardo y del fiel
consejero del rey don Pedro Men Rodríguez de Sanabria, evoca aquel
espejo de soledades: «El lago recoge edades de antes del hombre y se
queda soñando en la santa calma del cielo». Y también eso era leyenda, y
también era vida esa literatura, una vez que unos cuantos, en Zamora, de
muchachos, pasamos la noche de Tinieblas de Jueves a Viernes Santo
leyendo a turnos el libro de San Manuel Bueno.Y más aún: años después de las incursiones de Unamuno y de Cortes allá
por los años 50, cuando ya el Progreso se cernía sobre el Lago, y en las
lagunas de por su cima de sus sierras se habían montado saltos
hidroeléctricos, sucedió que el pueblecito de Ribadelago, que estaba (y
está, si es lo mismo) a ras de agua, a la entrada en el lago del rio
Tuera, una noche al derrumbarse de aquellos embalses alguna presa, de
pronto quedó anegado en una tromba de agua, arrastrado el pueblo con los
más de los vecinos soñando en sus camastros, a hundirse en el Lago y el
misterio de sus honduras (que Santiago Moreno, uno de los que leía
conmigo el libro de Unamuno en la vigilia de los días santos, se hizo
abogado notorio defendiendo durante años las reclamaciones de los
sobrevivientes del desastre), de manera que la leyenda del Lago se había
venido a hacer al cabo, a la manera moderna, realidad. Y ¡cómo de mal le
perdono al que yo era por entonces no haber escrito, en otra épica, la
noche del desastre de Ribadelago, confundiéndola con la del Valverde de
Lucerna!Y más todavía, en fin: que más tarde, avanzando ya hacia el Régimen de
Bienestar que hoy padecemos, ha sufrido Sanabria, rincón alejado del
mundo de tantos siglos, otra inundación, que es la del turismo, ese
deporte y negocio, que lleva masas de individuos personales, a mirar
(que es lo que se hace), a nunca ver (que es algo que le pasa a uno), y
ya sabes a pisar mapa y a llenar el fin de semana o el mes de
vacaciones.Pero acaso, a pesar de todo, tú, con este invierno manso, puedas aún
dejarte perder por aquellas breñas y asomar, en un descuido, a
descubrir, de pronto, allá en su cuenca, el Lago, preguntándole al cielo
y el cielo a él, y tal vez oigas, por lo bajo, un eco de la campana de
Bamba, tañendo desde lo hondo.
Alejandro G.
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