los PRINCIPES Mendigos... 22/05/2000
Hola a todos,
Ojoplática me quedé ayer cuando leí en el suplemento dominical de "El País" un reportaje de Jeffrey Goldberg sobre Abdalá II, que recorre Jordania disfrazado apareciendo por sorpresa en todos los rincones de su reino, transformándose en cojo, tuerto, viejo, gordo... según la ocasión. No reproduzco la parte del reportaje q nos atañe porque no sé si interesará a todos y siento q no haya una versión digital
--creo-- del semanario a la q remitiros. Si queréis más datos no me importará picar parte de la historia al teclado. El caso es q tenemos a todo un rey poniendo en práctica una leyenda, de la que os agradecería q remitierais alguna versión si la conocéis.
Otra cosa: he escuchado en un programa de radio que la Cruz Roja está dulcificando las leyendas afganas para q los combatientes integristas del país no tengan en qué escudarse para sus fechorías, o al menos recurran a medidas menos drásticas. Supongo q eso significa q donde decían "y le rajó la garganta de lado a lado" se sustituirá por un "le cortó la oreja con gran sangría". No sé si alguien más oyó hablar del tema o de otras medidas semejantes en anteriores conflictos.
Saludos, Gema
------En el baúl de los recuerdos he encontrado esto, que se extiende sobre el
tema:* * *
Siempre puede suceder. Siempre sucede. En algún libro importante lo
dice: «El hombre es un dios cuando sueña; un mendigo cuando reflexiona»
[Hölderlin]. Pero podéis leerlo, también, en las pintadas de los
anarquistas: «Reyes sí, pero en los cuentos». O en aquello que cantaba
Camarón: «Siendo un rey poderoso, soy un mendigo/ si me faltan las
llaves de tu cariño».Rey era aquel de Ítaca que llegó de vuelta a su isla, de vuelta
en verdad de todo, revuelto y devuelto por las olas, que al final
siempre te vuelven a tu casa, bastante cansado y con ganas de aquello.
El primer rey-mendigo fue Ulises, sentado a la puerta de palacio,
esperando que los pretendientes le echaran alguna migaja de sus propias
y casi vacías despensas.Y es que Natura gusta esconderse. Heráclito Heraclito lo dijo. Y
se pueden recordar, qué duda cabe, esos versos que sabe Aragorn, y que
resumen, mejor que nada, la incierta condición de la grandeza:No es oro todo lo que reluce
ni toda la gente errante anda perdida;
a las raíces profundas no llega la escarcha.
El viejo vigoroso no se marchita.
De las cenizas subirá la llama
y una luz asomará en las sombras;
el descoronado será de nuevo rey,
forjarán otra vez la espada rota.* * *
En su hermoso y casi necesario libro, «Manifiesto desde el
planeta de los simios», cuenta Vázquez Montalbán la mudanza, el baile de
máscaras del Príncipe de Maquiavelo. Y es que, recluida la monarquía a
la tramoya, al factor Disneylandia o culebrón de la política, es el
pueblo, esa oscura cosa, el príncipe sin rostro del que todo se espera.
Las manos del rey curan. «Porque donde unas cuencas vacías amanezcan/
ella pondrá dos piedras de futura mirada». Y es que debe, alguna vez,
pasar como los cuentos. Como los anarquistas cantaban: «cuando querrá el
dios del cielo/ que se vuelva la tortilla;/ que los pobres coman pan/ y
los ricos mierda, mierda».* * *
Y son los reyes buenos los huidos, los proscritos. Nos lo
contaba el Himno Nacional: «que pa' eso yo soy gitano/ y tengo sangre de
reyes». Y son las reinas esas hormigas que caminan pedigueñas por las
calles, como poetas en tuberculosis, y agonizan las más sin hallar la
Tierra Nueva, el lugar prometido de la vida mejor. Reyes son, en fin, o
descendientes de reyes, aquellos secretos habitantes del palacio en el
cuento de Clark Ashton Smith: aquel en el que un joven pastor tiene el
sueño de un palacio lejano en el que vivió otrora y fue feliz; y recorre
de un lado para el otro el orbe de las tierras existentes, hasta llegar
a las ruinas malolientes donde viven los mendigos. Los mendigos,
descendientes como él de la Corte, a los que los sueños han vuelto a su
casa. Como antaño volviera Ulises. Como siempre, a ciertas horas, se
vuelve.* * *
Y rey sultán era aquel, Harún Ar-Raschid, que en las noches de Bagdad
se disfrazaba de mendigo, y bajaba con su fiel visir Chafar en busca de
aventuras y sorpresas: y lo mismo la buena Mesalina, aburrida de su
marido Claudio, tomaba la costumbre de acudir a los burdeles y allí,
como la más batalleada jornalera, exprimía la fruta de los hombres de
Roma.Y algo parecido cuentan de Nerón: que solía, rodeado de sus
hombres, pasear por las calles de la Roma de yeso, y se gozaba así en
atracar y armar la bronca. Y nadie osaba, dicen, resistirse, pues, como
un charco de miedo, se extendía la noticia del abuso imperial. Y pronto
todos los bandidos, todos los bergantes romanos, habían asumido por su
cuenta la ventajosa leyenda; y divertida fue aquella noche en que el
emperador, que andaba en número menos fuerte de lo habitual, se vio
rodeado de navajas y cuchillos, a punto de perder la vida misma.
Recibiendo, ante sus quejas, la respuesta: «no sabes con quien hablas,
desgraciado. Acude a preguntar al Palatino».* * *
Y tienen los mendigos, además de necesidad de ayuda presta y
políticas eficaces de Asuntos Sociales, siempre un eco de aquella
conseja: hoy por ti, mañana por mí. Hoy mendigo y ayer rey. O viceversa.
Y andan las loterías, como encenagamientos de obviedad, haciendo de
todos, a poco que nos dejemos, millonarios en potencia, reyes con chalet
y gomina. Como aquel navegante que, recién llegado a puerto, se acercaba
a la plaza de la villa, y veía allí, reunidos, a todos los habitantes
del lugar, que con la vista puesta en una torre blanca seguían los
virajes de una golondrina torpe. Y al fin, al ver el marinero distraido
los fiemos del ave caer en su hombro, sentía luego los gritos de júbilo,
y los brazos de fuertes mozos que en hombros lo levantaban; y él
intentaba en vano resistirse, sacando su puñal toledano, pensando que lo
iban a matar. Y sólo muchos días más tarde, instalado en una silla con
brazos dorados, empezaba a sospechar que los nativos, guiados de sus
propias convicciones, le habían hecho rey, siguiendo las indicaciones
del pájaro profeta. Y nada obstaba a su monarquía, por supuesto, que él
no hablara la lengua del lugar; y que a él lo esperaran, en Barcelona,
en Urbino, tantas cajitas por abrir y mirar.* * *
Del pueblo, si no la verdad, siempre se puede esperar que no
mienta. Que incluso las mentiras más gordas, las que todos nos creemos,
tenga al menos la valentía de decirlas a lo gordo: por la caridad entra
la peste; cosas así. Como aquella canción de negros que cantaba,
henchido de cinismo, John Lennon: «Las mejores cosas en la vida son
gratis;/ por mí te las puedes quedar para los pájaros y las abejas./
Sólo dinero, eso es lo que quiero./ Dinero, es lo que quiero».* * *
Y eran los proletarios, para Marx, ese rey del que se espera la
vida, la curación del dinero y su miseria. Como aquellos hombres sucios
del planeta de los simios. Que seguramente Adán era rey igualmente, en
el Edén, antes de ciertas conjuras capciosas. Según el premio Nobel Von
Daniken, todos tenemos algún antepasado que fue edil o monarca en
Lemuria o en Mu. También pudo ser en la Atlántida. Y algo se sospechaba
el buen Jesús, que sabía, como luego Rimbaud, que a cualquiera de
nosotros se nos deben varias vidas: y que son los mendigos, los pobres
de espíritu, la oscura vanguardia de una corte celeste, donde ya no
habrá hambre ni sed de justicia: esos festines ideales del bien, fiestas
de la Resurrección, donde la gente come canapés de bondad y bebe agua de
nube, y los ángeles en tanto amenizan con música de Bach o de Perales.Ponedlo delante o detrás. Nadie está libre de la sospecha de
ser, sin saberlo, bisnieto o bisabuelo de reyes. «Anda, ve y dile a tu
madre/ que el mundo da muchas vueltas/ y ayer se cayó una torre». Pero
la gente oscura, los marginados, son desde luego los más sospechosos; se
parece la gracia a la peste; el oro y la mierda; la plata y el yeso. No
hay dinastía que no tenga en su árbol, en alguna parte, un niño que
llegó en mantillas, bajando en una cesta por el río, como todos llegamos
a esta vida. No hay dinastía, en fin, sin un epígono, un último heredero
del reino en ruinas, condenado a fregar los suelos de los nuevos
poderosos por llegar. Los que estén en lo más bajo del columpio serán
los primeros en subir: seguramente saltarán al aire.* * *
Y es Jesús mismo, dicen, el Rey de los Reyes, el que gusta de
andar entre los pobres. «A la puerta de un rico avariento/ llegó
Jesucristo y limosna pidió/. Y en vez de darle lo que tenía/ los perros
que había fue y se los echó». Y es que los poderosos sospechan de los
pobres: deben ocultar algo. Los ricos también lloran, pero nunca saben
componer canciones, sentir cosas, beber la vida a tragos, comer con
hambre, folgar con ganas. Y anda el Príncipe, como dice Montalbán, como
una oscura dignidad o realeza diluida en cada pobre, en cada perdedor:
como si guardaran los pobres, los oprimidos, un fragmento sin valor
aparente del gran mapa del tesoro. Y siempre se teme que los pobres se
organicen, que vayan juntado fragmentos del mapa, que compartan ideas,
que un día recuperen la memoria... «Nos están meando y dicen que
llueve». «Dios salve a la reina; ella no es un ser humano». Y que un día
acudan a palacio.Piden pan, majestad.
Si no tienen pan, que coman pasteles...Siempre hace frío en los Palacios de Invierno. Al final uno termina
devorando emparedados: Tomás Moro, Séneca, Biko. Las 7 esposas de
Enrique VIII. Las otras tantas de Barbazul. Porque son todos los reyes
impostores, interinos venidos a más, perros guardianes que han probado
la sangre, beneficiarios de la Ley de Peter; senescales del rey de
verdad que se fue. Y esas cosas casi siempre se saben. Y esa vuelta
nunca deja de esperarse. «Que se apague la luz y que el sol se levante».
«Nos vamos a volver un día puertas/ y tiene que pasar toda la vida».Si yo no fuese César pensó César, sería sin remedio su asesino.
Al.
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«Siempre puede suceder:/ hoy mendigo y ayer rey» (Duncan Dhu).Bueno, lo de disfrazarse de mendigo es un sucedáneo... Viene de lejos el
baile de contrarios: los gitanos cantan que tienen sangre de reyes, los
reyes cuando no reinan se convierten en vagabundos con un secreto que
guardar (como los Dúnedain de _El Señor de los Anillos_ de Tolkien).Una leyenda de este estilo concierne a Salomón. Se dice que en una
ocasión cometió la torpeza de poner en manos de un demonio su Anillo,
ese anillo mágico en que estaba escrito el Nombre Secreto de Dios. El
demonio tomó inmediatamente no sólo los poderes, sino también la
apariencia de Salomón: desterró al rey a un país muy lejano, y gobernó
en su lugar durante muchos años.El exiliado Salomón aprendió muchas cosas de la vida durante esos
años... Tuvo que ganarse la vida como cocinero y otros oficios, y cuando
entró de nuevo en Jerusalén lo hizo de prudente y humilde incógnito. Al
final recuperó el sello y el cargo, pero la experiencia le había hecho
recuperar cosas bastante más importantes.Saludos
Al.
-----EL REY DISFRAZADO
Un mendigo recorre Jordania pulsando la opinión del país. Es abdalá II, rey desde la muerte de su padre hace poco más de un año. Un viaje de incógnico con elnuevo monarca, q busca modernizar Oriente Próximo.
"La verdad", dice Abdalá II, rey de Jordania, de 38 años y descendiente, en 43ª generación, del profeta Mahoma, "es que me he convertido en algo parecido a Elvis".
En otras palabras, la gente le ve en lugares en los que no está.
"Hay apariciones mías por todas partes". Desde que ascendió al trono hachemí en febrero del año pasado, Abdalá ha adoptado la costumbre de pasearse disfrazado para inspeccionar su reino. "Los burócratas están aterrados. Es estupendo".
Hoy, Elvis vuela a Zarqa, en las afueras de Ammán, en un helicóptero Black Hawk del Escuadrón Real; como hacía su padre, el difunto rey Hussein, pilota él mismo. Una vez en Zarqa, cambiará de traje y visitará por sorpresa el hospital público y las oficinas del Ministerio de Finanzas. (...)
Entramos en el despacho del jefe de la brigada, el general de división çAhmed Sirhan, que todavía no está acostumbrado al tipo de escena que se produce ante sus ojos: el rey de Jordania se transforma en un hombre gordo, viejo, cojo y tuerto, con unas zapatillas New Balance desgastadas y un kefiye de cuadros rojos. Mete la mano en una bolsa de deportes y saca un almohadón. "Perdónenme un minuto", dice. "Tengo que ponerme el relleno". Un instante después sale del cuarto de baño con la fasa gordura en el abdomen.
De otra bolsa saca una cabeza de poliestireno que mantiene su peluca debidamente estirada. Levanta la cabellera, peinada con una especie de rizo de príncipe beduino. "Me da cierto aire de Gaddafi", dice el rey. Pero, antes de pnerse la peluca, saca una bandeja de bigotes postizos y escoge uno. Luego saca otro postizo para alargar la barba. Una barba larga que le da aspecto de un jeque de Hamás, detalle que le menciono con cierto nerviosismo, puesto que el grupo de Hamás y él se encuentran en plena guerra fría.
"Espere a verme con la peluca", responde. Se la coloca sobre su pelo cortado a cepillo. Lo que tengo ante mí es el Samuel L. Jackson de Pulp Fiction.
Luego vienen las gafas: gruesas, de plástico, oscuras. Un ayudante le da un bastón, y su majestad sale al aire libre, a pleno sol. Los soldados no están seguros de a quién deben saludar. El príncipe Alí también está disfrazado: barba postiza, gafas de sol, kefiye. Con pinta de años setenta, le digo. "¿Cómo un terrorista?", me pregunta el príncipe, sonriente.
He aquí el plan: el rey y el príncipe Alí van a ir en taxi a las oficinas del Ministerio de Finanzas. Y odebo seguirles en un segundo coche con dos ayudantes del rey. Los guardaespaldas irán detrás, en una camioneta Nissan. El rey me advierte que no descubra su disfraz mirándole fijamente; sugiere, con razón, que un norteamericano de piel clara y en kakis llama más la atención en Zarqa que un árabe medio ciego, aunque lleve zapatillas New Balance. (...)
El taxi llega a la puerta principal de las oficinas de Finanzas y el rey y el príncipe Alí salen de él. Se meclan con la multitud de contribuyentes claramente frustrados, que guardan colas para ver a funcionarios que no están o, si están, no parecen demasiado interesados en atender al público. El rey y el príncipe pasan cinco minutos llamando a la puerta cerrada de la oficina de valoración de terrenos, que debería estar abierta a estas horas. En todo el Ministerio de Finanzas no hay una sola persona que se imagine que el rey está allí. Pasa una hora entera en el ministerio, sin que le reconozcan, antes de seguir hasta el hospital público. Aquí, un falso equipo de televisión, enviado por la casa real para agitar a las masas, entrevista a pacientes airados. La idea del rey consiste en escuchar desde una esquina las quejas que logren suscitar los periodistas. Durante un rato, funciona. (...)
De pronto ocurre algo. "Me parece que está el rey de Jordania", me dice un adolescente. Los guardaespaldas se ponen nerviosos. El rey recorre un pasillo, seguido por una multitud cada vez más confusa. Nadie sabe qué decir exactamente. Por fin, una mujer grita: "¡Dios te conceda larga vida!", y estalla el barullo. Elvis sale del edificio, y volvemos a la base.
Más tarde, en el despacho del general Sirhan, le pregunto al rey si los burócratas de Zarqa ya se habrán enterado de que han tenido un visitante inesperado.
- Supongo que sí.
- ¿Qué deberían sentir?
- Pánico -responde.
- ¿Es muy terrible?
- Ya ha visto cómo trataban a la gente. Había una falta total de organización. Un anciano se quejaba de que no le habían puesto la fecha en el formulario y de que le enviaban de un despacho a otro. Espero que estén sudando, porque va a haber un informe sobre todos los problemas dirigido al primer ministro. (...) por Jeffrey Goldberg
Saludos, Gema