LAS MUJERES y la "MALA SUERTE"

Angel Moyano wrote:

> En la conversación salieron a colación algunas viejas tradiciones en la que se cree que la presencia de las mujeres es nefasta. Conocía yo la de los > pescadores - que suponen una mala pesca si una mujer sube a su embarcación - y
> la de los mineros, que dicen que pueden perder la veta o puede haber derrumbes si una mujer entra al socavón. Daniel añadió (aunque recién ahora noto que no sé qué podría pasar) que también se considera de mala suerte cuando una mujer entra en un bosque.

Hmm, esto si que son "memes" de verdad, y no las gilipolleces que se inventan los filosofos estadounidenses. Parece obvio que la gente que siga la regla tiene mas posibilidades de evitar "malos rollos" que los que la incumplan, motivos sexuales mediando, y que por tanto la regla sobrevivira.

En cuanto al bosque, me uno a Victor Manuel, "canta su pena el romero y la vieja su conseja:

 

Por San Cosme y San Damian,
cuidado niña temprana,
no pases al maizal,
se hace mejor en la cama."

su propia version de los 70:

"por San Cosme y San Damian,
cuidado neña temprana
no pases al maizal
no lo riegues con tus lagrimas"


Abrazos, Alejandro R. 13/08/98


Qué caracteres reviste tal culto?

Porque Victor Manuel solo habla de la romeria (y de los maizales), pero en Arnedo las fiestas de san cosme y san damian incluyen (incluian?) una peculiar persecucion:

Durante la fiesta, los mozos del pueblo vecino "asaltan" Arnedo y roban los santos, saliendo corriendo con ellos hacia su pueblo: Los de Arnedo los persiguen y los recapturan, volviendolos a traer en victoriosa procesion. Mi padre explica que el milagro de que siempre los cogan se basa en que el camino al pueblo vecino es todo cuesta arriba, y que claro cargados con los santos no se corre mucho.

Alejandro Rivero 24/08/98


NOTA: [Hablando de temas sexuales y Sna Conme y San Damian, en relación a la canción de Victor Manuel, os diré que dichos santos son la cristianización del culto a Priapo. Un saludo desde España, Madrid. Ana V.Hoys ]

Nota a la Nota: Pensaba que solía relacionárselos con los Dioscuros (¿no hay un templo a los unos que luego lo fue de los otros?). Supongo que ambas relaciones son posibles.
Hablando de cristianizaciones, ¿por qué se escogió la figura de San Juan para la fiesta del solsticio de verano? Sé que se dice que esa noche «todos los ríos llevan una gota del Jordán»(A. Casona), lo que parece una referencia al bautismo de Cristo. Pero los demás elementos (las campanas que resuenan en el fondo del lago, las hogueras, el trébole) no parecen tener relación con el santo, ¿no?

Abrazos, Alejandro R. 24/08/98


Pues no. Los Dióscuros son griegos y también orientales. Ahora que, no tengo ni idea de por qué se escogió a unos u otros para tales sustituciones.

Es curioso como San Jorge sustituye a Horus( creo recordar) venciendo a Seth. Y San Cristobal a Hermes con Dionisio niño. O la Virgen a Isis y Artemis( al menos todos iconográficamente...).

Pero repito: No hay contiinuidad en época medieval en lo que a fuentes históricas se refiere, por lo que tal vez solo haya coincidencias...no sustitución expresa.

Ana V.Hoys 25/08/98


En casi todas las culturas encontramos mitos, supersticiones y costumbres en los que se atribuye a la mujer un efecto negativo, no solo entre marineros, etc.

Me sorprende que nadie haya mencionado el hecho de que a la mujer tradicionalmente se la considera impura, de ahí que su presencia o que toque algún objeto sea nefasto. Impureza de la mujer que se atribuía fundamentalmente a la sangre menstrual.

Así por ejemplo hasta hace unas décadas una mujer menstruante no podía entrar en una iglesia o comulgar, hecho que se mantiene hoy en día entre los musulmanes, por poner un caso, en el que la mujer menstruante no solo no puede pisar una mezquita sino que está exenta de hacer las cinco oraciones diarias preceptivas durante ese tiempo o tiene prohibido tocar el Corán hasta que haya hecho la ablución mayor y se haya purificado completamente.

Una de las cosas que me decían de pequeña es que si tienes la regla no puedes ir a la peluquería a cortarte el pelo porque entonces quedaría estéril. Curiosa asociación.


Saludos, Sol 24/08/98


Que no te soprenda que no sigamos muchos temas.

Del de la sangre se puede hablar tanto que si empezamos no terminaremos...Y de la impureza de la mujer...si empezamos con el feminismo o lo s cambios indoeuropeos/ patrilineales que sustituyen a matrilinealidad pre-indoeuropea...

En fin: Es muy corriente el tabú en muchos temas relacionados con la mujer y con su "poder", sobre todo cunado sangra, tanto durante la menstruación como tras el parto, poderes que se conjugan a veces con los de las "brujas" y viene casi de época prehistórica. Sigo remitiendo a Mircea Eliade o a cualquier Hº de las Religiones para más información o a La Rama Dorada de Frazer o a mi Diccionario de Magia en el Mundo antiguo.

Un abrazo Ana. V.Hoys. 25/08/98


Ya les conto Angel Moyano nuestra conversación: hay una serie de sitios (al trabajo en las minas, a la pesca) en el pensamiento mitico andino a los que no pueden entrar mujeres.

Estuve conversando con un amigo aymara (puneño) sobre el lago Titicaca y me dijo una cosa interesante: el lago es "madre" porque nos alimenta. Esto podría extenderse a bosques, minas y a la mar.

 

Dani 19/08/98


También hay sitios prohibidos en el mundo 'cristiano': así, el monte Athos, en Grecia (y otros monasterios ortodoxos, creo).

Y esos clubs británicos donde tampoco entraban hijas de Lilith (ni aun de Eva) hasta hace poco.

Yo, en la duda sobre el origen de posibles desgracias, simpatizo más con la costumbre marinera, creo que nórdica, de echar por la borda del barco al cura :-).

Alejandro G.


Bueno, en Grecia se entrecruzan dos cosas:
efectivamente en las iglesias ortodoxas sigue rigiendo una separación rigurosa: las mujeres a la izquierda y los hombres a la derecha del altar. Ninguna mujer puede entrar en el "hieró" pues somos impuras.

Excepción: la señora de la limpieza, a la que el Pope bendice y purifica antes de cada fregada de pisos.

Créanme, juro que es cierto! Los ritos cotidianos incluyen besar los iconos. Una mujer no puede hacerlo durante la menstruación, tampoco puede sentarse en esos días(dentro de la Iglesia quiero decir).

Impulsada por la curiosidad he asistido a un par de "liturguías" en iglesias Paleoimerologitisses (los más conservadores, que mantienen el calendario antiguo)

Allí las mujeres, además de estar separadas de los hombres, deben llevar la cara lavada, el cabello cubierto, faldas hasta los tobillos y no se sientan sino que o se quedan de pie o se prosternan
en el suelo. Los hombres se sientan cómodamente, claro.

(Y como "donde fueres haz lo que vieres", ya veo a A.Moyano y a algún otro conocido revolcándose por el suelo de la risa)

Lo del Monte Athos es OTRA cuestión. Mucho más interesante. Sucede que este conjunto de monasterios está completamente dedicado a la Virgen María.

Por lo cual no se permite la entrada a otras mujeres, ya que Ella ha de ser la Única, es una cuestión (sic!) de fidelidad. Una especie de harén a la inversa, vea... Fuera de broma, ¿hay alguien que pueda explicar cómo se ha llegado a elucubrar semejante argumento?

Bibiana 20/08/98


Como los ¨argumentos¨ que excluyen a las mujeres de los buques de pesca, de las minas y del bosque parece ser una salida ingeniosa, un artefacto puramente verbal, que se agrega al núcleo fuerte de la tradición.

El núcleo parece derivarse de que los homo sapiens solemos formar grupos de un solo sexo motivados por una exigencia biológica que no entendemos, y que en la complejidad de nuestras relaciones sociales esta herencia aflora de distintas maneras, a veces funcionales (como en la división del trabajo), y siempre arcaicas o arcaizantes.

Saludos ! Raúl Ernesto Ajman 21/08/98


Dicen que es de mala suerte que una mujer se ponga una gorra de marinero,
también... Mónica


Insisto que solemos formar grupos de un solo sexo, tanto los hombres
como las mujeres, que esto es un dato de la realidad que se puede ver
tanto en nuestras sociedades industriales como en las tradicionales y
que los datos de la realidad, lo observable, es tan dado y observable
desde nuestra posición como desde el lugar del mitopoeta.

Si así no fuese, si no tuviésemos delante nuestro el _ mismo_ mundo que el
mitopoeta, los mitos serían un galimatías sin ningún sentido para
nosotros.

La explicación de que la exclusión de las mujeres de las partidas de
pesca, de caza o de guerra sirve para que los hombres no se peleen entre
ellos tendría que dar cuenta de porqué ese mismo objetivo se consigue en
otras condiciones sin apelar a tal segregación, por ejemplo, mediante la
institución de jerarquías, de tabúes, etc que funcionan perfectamente en
condiciones no segregadas.

Saludos ! Raúl A. 24/08/98

 

 


CONSIDERACIONES SOBRE EL MACHISMO Y EL TANGO

Cecilia LÓPEZ BADANO



El tango tradicional ha sido, en gran parte, una música de producción masculina y dedicada a hombres. En sus orígenes, se bailaba a veces entre hombres, ya que su danza era vista como osada aún en los ambientes marginales; así, uno de los rasgos distintivos de la narrativa configurada por sus letras es la enunciación casi absolutamente androcéntrica que nos sitúa en un punto donde es prácticamente imprescindible girar en torno al tema del machismo para abordar el análisis de la figura femenina.

Surge entonces la pregunta acerca de si las letras son machistas o si, simplemente, el tango es una escenificación, una puesta en palabras de un imaginario de época. Si tuviera que inclinarme por una de las dos posturas, casi sin dudar lo haría por la segunda, porque el discurso del tango, como el de ciertos melodramas radiofónicos de la época, es indivisible de ciertas condiciones históricas que merecen consideración.

Para comenzar, no debe omitirse al hacer una consideración temporal que la época de auge del tango coincide, por un lado, con el período de modernización de la agricultura y la ganadería, acentuada por el uso de maquinarias operadas por inmigrantes, lo que da lugar a un rotundo descenso del empleo rural femenino -en un ámbito donde su colaboración había sido imprescindible- y, por el otro, coincide con la industrialización en la Argentina, es decir, con la instalación de los primeros establecimientos fabriles que comienzan a emplear mujeres, dado que cobraban salarios inferiores a los de los hombres.

Al respecto, una de las hipótesis de Donna Guy (1994) es que "un objetivo clave de la legalización de la prostitución en Buenos Aires fue perseguir a las mujeres trabajadoras para sacarlas de sus ocupaciones, que luego eran redefinidas para los hombres". La situación de ciertos oficios a principios de siglo grafica lo dicho: un empleo ciudadano femenino hacia 1900 era el de camarera; en 1903 el Concejo Deliberante decreta el pago de altas tasas para este tipo de establecimientos y obliga a las camareras a someterse a exámenes de enfermedades venéreas del tipo de los que cumplían las pupilas de burdel -ya que se consideraba sólo a las mujeres como contagiosas-; con una enmienda de 1910, elimina todos los cafés con camareras -exceptuando los que tuvieran permiso del Intendente-; mientras tanto, ningún menor de 18 años podía entrar a un café atendido por camareras (Guy: op. cit.); la justificación era que "los hombres son arrancados de ocupaciones útiles y envenenados por el alcohol y las enfermedades venéreas".

Nótese, en esta breve oración, el uso de la estructura pasiva que libera al hombre del ejercicio de su voluntad "pecaminosa" de asistencia y coloca a la mujer en el lugar tácito -y por ello enmascarante- de complemento agente antes de la coordinación. Luego de estas medidas y en una ciudad pletórica de hombres inmigrantes, las mujeres camareras dejaron de existir como tales y este trabajo se les reservó a ellos, en particular -y de allí una tradición de los cafés porteños- a los gallegos -y españoles en general-, ya que eran los que prácticamente no enfrentaban problemas idiomáticos.

Este último hecho puede leerse también de otro modo: el país ya contaba con una Ley de Residencia, usada para deportar a los «peligrosos» inmigrantes anarquistas que para esa misma fecha lideraban huelgas obreras en fábricas e inquilinatos. Emplear al menos a un sector de inmigrantes como camareros era también evitar su ingreso a las fábricas; así, el contacto más bien efímero y poco personalizado de éstos con los parroquianos evitaba la proximidad espacial y solidaria de la fábrica, mucho más favorable a la transmisión de los discursos «peligrosos».

Por otra parte, la emigración europea y predominantemente masculina hacia Argentina trae aparejado un problema: una mayoría de hombres solos, hecho que permitirá instaurar institucionalmente la prostitución entre 1875 y 1936 (y reinstaurarla durante el peronismo, en 1954, aunque ya no por los inmigrantes, sino por todos los hombres solos que, según el discurso hegemónico, ante la carencia de prostíbulos, constituían un riesgo potencial para la «familia tradicional nacional» en su posible acercamiento a la homosexualidad). Borges, en Historia del Tango (1952) afirma que sus asesores «concordaban en un hecho esencial: el origen del tango en los lupanares [...].

El instrumental primitivo de las orquestas -piano, flauta, violín, después bandoneón- confirma, por el costo, ese testimonio; es una prueba de que el tango no surgió en las orillas, que se bastaron siempre con las seis cuerdas de la guitarra. Otras confirmaciones no faltan: la lascivia de las figuras, la connotación evidente de ciertos títulos (El choclo, El fierrazo) [...]».

Varios tangos exhiben las marcas de la prostitución ya en el reprochado paso,en la vestimenta femenina, del percal barato a la seda cara que las letras testimonian numerosas veces, como también en la enunciación de casos concretos, nacionales y extranjeros, por trata de blancas: «Sos un biscuit/de pestañas bien arqueadas... /Muñeca brava bien cotizada.../ Sos del Trianón, del Trianón de Villa Crespo... Milonguerita, juguete de ocasión (...)»: Muñeca Brava, Enrique Cadícamo, 1928; cf. asimismo Galleguita, Alfredo Navarrine, 1925 y Esclavas Blancas, Horacio Pettorossi, 1931.

Hombres, caudillismo, bosta vacuna, hacienda de paso, cuchillos prestos, mujeres escasas y sometidas bajo la pseudoprotectora regencia de una madama o un cafishio, prostitución, venta de alcohol y sangre indistinta de hombres y animales enturbiando los zanjones por carneadas o por duelos iniciados en la disputa de turnos lupanares o en la defensa de un caudillaje semifeudal contra un anarquismo o socialismo importados y, por lo tanto, vistos como peligrosos e inoportunos desestabilizadores de poderes apócrifos naturalizados -lucha popular que también dejó su marca en el tango (aunque no en los más conocidos, post-gardelianos y posteriores también al hecho de que la hegemonía se apropiara, en burdeles aún compartidos, de este lugar de enunciación también política, amansándolo, neutralizándolo, canibalizándolo en sus redes), todos los mencionados son elementos que se entrelazan en las letras de tango y van moldeándose según los diversos criterios de cada década.

Así, por ejemplo, es notorio, ya a partir de los 40, el vuelco de la temática tanguera hacia la atemporalidad del amor; además, el repertorio existente se encarará selectivamente para establecer el predominio de unos temas sobre otros imponiéndose de este modo el giro hacia el paisajismo subjetivista y evocativo (cf. Garúa , Enrique Cadícamo, 1943) y hacia la idealización de la mujer fragmentaria, etérea y lejana, que ya no tiene la materialidad tangible de la prostituta: Malena de Homero Manzi, Gricel de José María Contursi, María de Enrique Cadícamo, son producto de esta década en la que el burdel era ya sólo una reminiscencia del pasado que se apartaba en la cancelación de la prostitución legal. Estos datos en apariencia no relacionados con el tango son, por varias razones,los sustratos para la construcción de una imagen femenina tan negativa en las letras; entre los motivos pueden citarse al menos dos: ver a las mujeres como amenazadoras porque, en su búsqueda de puestos no tradicionales, reducían potencialmente el empleo masculino; y temor a que, a través del dinero ganado por sí mismas en las horas en que no permanecían bajo el vigilante ojo controlador masculino del padre o de la pareja, la modestísima libertad que esto les permitiera las volviese ingobernables: de allí que una de las figuras típicas del tango vincule reiterativamente a la mujer que sigue su deseo con la traición; sin embargo, los hechos testimoniarán lo contrario de este imaginario, tanto sobre gobernabilidad como sobre traición y deseo femeninos, ya que sus salarios eran tan imprescindibles para la economía familiar de la época que, en 1904, veinte trabajadoras textiles fueron obligadas por sus padres a retomar el trabajo durante una huelga por los derechos propios y los de sus compañeros (Guy: 1994). Las imposiciones doméstico-familiares iban más allá de cualquier deseo de libertad e independencia. En el marco de este imaginario, la mujer se convierte en trozos materializados por la voz masculina, ejemplificando también la fragmentación del espejo en cuyo Estadio (Lacan, 1966) se abren las puertas de la autoestima y la madurez; así, cuando ella quiera reconstruirse a través de la imagen sostenida por el otro,sólo se le devolverán fragmentos ortopédicos: pestañas muy arqueadas, ojos oscuros como el olvido, ojos y manos que hacen daño, manos como palomas que sienten frío, labios apretados como el rencor, una boca que le era ajena: «su boca que era mía/ ya no me besa más» (Alfredo Le Pera, ejecutado por Carlos Gardel en el film El día que me quieras, 1935), labios que saben fingir, voz pequeña y triste, de alondra o de sombra, con tono oscuro de callejón -adquirido en algún funesto romance que sólo puede nombrarse cuando lo permite la tristeza de un mal vino-, venas con sangre de bandoneón.

Es tan insignificante a pesar de infligir los sufrimientos mayores (¿cómo podía hacerlo desde tal insignificancia?) que sólo el vestuario que la cubre es lo que la hace visible, lo único que le quita la inconsistencia aberrante del fragmento que no permite reconstruir la totalidad sino a través del envoltorio que la vela o del trozo que la sobrevive: un sombrerito triste y un tapado marrón, un vestido de percal o de seda, un zorro gris, un tapado de armiño o visón que definen la condición social y/o el acceso a la prostitución; también, un delantal que marca metonímicamente la sujeción doméstica, objetos todos habitados por un fantasma que encarna el misterio de lo desconocido y, como tal, vaciado:

«y cuando llegue, en un cercano día,

a tus dolores el ansiado fin,

todo el secreto de tu vida triste

se quedará dentro del zorro gris» (Zorro gris: Francisco García Jiménez, 1921).

Las imágenes que nos quedan de ese apogeo exhiben pechos abiertos, corazones arrancados, metáforas antropomórficas de fragmentación y visceralidades mostradas, sugestivamente, en connivencia con una moral hipócrita que no permite la globalización de lo corporal ni el erotismo, sino una fragmentariedad que «esperpentiza» el cuerpo.

En ocasiones, aparece una trenza negra y/o suelta, que puede terminar manchada con la sangre del corazón de algún supuesto amante dentro de la maleta de un marido que impone la tonsura con un gesto de ritualidad entre pagana y católica, ya se lo lea como agravio sometedor, ya como voluntad de imponer la entrega a una santidad religiosa. Esto sucede luego de que él se volviera «justiciero» asesinando a la pareja imaginada y descuartizándolo a él ante la sospecha de infidelidad. Así, en las letras tangueras, más que una pérfida deliberación machista, se «palpa» la tensión de costumbres lejanas, tradiciones no revistas críticamente que también constituyen una materialidad lingüístico-gestual previa: formas de codificar la femineidad y la pasión que participan en la constitución de la enunciación -no desprendida de la acción- del momento; pero sí en ellas se construye, para la mujer, un imaginario que le es ajeno y que además, tiene un poder admonitorio respecto de su acción futura, detalle que grafica perfectamente el amplio corpus existente de letras en que la mujer es masacrada por seguir su deseo. Es llamativo ver que una de las letras primitivas del tango aún anónimo, antes de su etapa de canción, expresa públicamente el deseo sexual de una mujer en el ámbito doméstico -afuera, por lo tanto, del prostíbulo- y la incapacidad masculina para satisfacerlo. La letra está integrada por dos voces:

Ella: «Señor comisario, deme otro marido,/ porque este que tengo/ no coge [verbo vulgar utilizado para designar el acto sexual] conmigo/

Él: «Señor comisario, esta mujer miente:/ cuando me la cojo/ ella no me siente». Llama aquí la atención la elección del comisario como interlocutor ante la queja, inhibiendo la aparición del sacerdote como autoridad matrimonial; este dato podría llevar a fechar dicho tango sobre la fundación del Registro Civil (1892), institución que produce un reacomodamiento de las autoridades que rigen sobre el ámbito familiar. En la sencillez grotesca y popular de su construcción narrativa se evidencian rasgos dialógicos -por la voces que lo integran- y polifónicos -por la nivelación entre éstas y la del autor, quien no manifiesta su punto de vista ni emite juicio axiológico; también se evidencia una homologación jerárquica de género frente a la instancia civil, ya que ambos son escuchados y los enunciados de los dos son constatativos; sin embargo, en versiones posteriores, la letra pierde estas características:

Ella: «Señor Comisario, deme otro marido,/ porque este que tengo/ no duerme conmigo».

Él: «Señor Comisario, yo he sido testigo/ cuando la canalla cochina engañó al marido». Si bien conserva la forma dialógica, se pierde la nivelación jerárquica a través de la emisión masculina del juicio axiológico, es decir, frente a la modalidad constatativa que ella expresa en su aserción, aparece otra, valorativa.

Se puede comprobar así que el precio que pagó el tango por el adecentamiento que le permitiría su aparición pública fue el silenciamiento del deseo femenino -y de la sexualidad en general- luego de las críticas que, ya en 1913, cosechaban sus temas desenfadados por parte de obispos, cardenales y del mismo Papa Pío X. Este silencio impuesto borrará la incipiente nivelación de género beneficiando la voz masculina y construyendo paralelamente dos imágenes: la maternidad sobrevalorada por sobre cualquier estado posible para la mujer (numerosos tangos le cantan a la figura de la madre y, en algunos, se acepta el retorno de la mujer «infiel» con el sólo pretexto del cuidado de los niños) y la del asesinato femenino como admonición velada.

A los hombres se les hacía difícil controlar sus emociones frente a una autonomía femenina que cierta legislación de base socialista comenzaba a garantizar: no podían soportar la expresión del deseo ni la libertad de elección y expresión femeninas, es decir, sus características de par humano no sometido. En relación con la libertad de elección y expresión femenina vinculada, muchas veces, a la independencia económica a que las mujeres podían acceder a través del trabajo, puede seguirse también la trayectoria de un recorrido paralelo a la política: el gobierno nacional de la década del 20 -con predominio radical y fuertes influencias socialistas- aprobará leyes para liberar a las mujeres de la jerarquía familiar y del patriarcalismo dominante, no sólo con la intención de liberación, sino también con el fin de que se transformaran en soporte de la fuerza de trabajo industrial.

Luego, durante la década del 30, la oposición al empleo femenino -en particular, en las fábricas- será la clave de las plataformas conservadoras. Como consecuencia de estos ajustes y reajustes, la idea de la muerte femenina comenzará entonces a sobrevolar el tango y la milonga impregnándolos de un melodramatismo neurótico: la neurosis masculina centrada en una contradicción: la de necesitar desesperadamente a la mujer sin poder soportar, sin embargo, las decisiones autónomas.

La contradicción machista que oscila entre la necesidad desesperada de las mujeres y el deseo de su muerte, podría denominarse, en una cruza heteroglósica de lenguaje popular y culto, síndrome del «pollerudo»-misógino y se define claramente en un verso de Alberto Vaccarezza que dice, sobre el final de la segunda estrofa: «y si la mato, vivir sin ella/vivir sin ella nunca podré» (La Copa del Olvido, 1921). Tangos como Justicia Criolla -y otros por el estilo: Noche de Reyes, de Julio Curi, 1927, De Puro Guapo, etc.- o como Por Seguidora y por Fiel, dan cuenta de que para la mujer no quedaba escapatoria: en cuanto asumiera el propio deseo, tanto siendo leal como infiel, terminaría muerta o marcada por el cuchillo de una justicia arrabalera guiado por el individualismo de la ley del más fuerte.

Así, como la criolla hacienda vacuna, debía portar «marca» y, como la europea Justine, víctima del Marqués de Sade, no existía para ella más refugio ni escapatoria que su propia resignación -la estupidez muda, la indefinición manipulable, la identidad subordinada- o la muerte ultrajante, vejatoria a manos de un cuchillero de barrio que solía ser, algunas veces, el guardaespaldas matón del caudillejo nacional-populista de turno.

Para concluir -y desde el presente- cabe decir que el tango tiene, hacia los 70, con Astor Piazzolla -quien estudiara música con Alberto Ginastera- su giro hacia un virtuosismo instrumental más marcado que el de los 40' y hacia la modernización en la temática de las letras -que se iniciará con Balada para un Loco (Horacio Ferrer, con música de Astor Piazzolla, 1969) y en la que también adquieren importancia letras de mujeres de la talla de Eladia Blásquez. En estas letras aparecerá un espacio de permisividad para con el deseo y la sensación femeninos, pero no por casualidad son las menos conocidas:

«No me llorés... ¿no ves que voy contigo?,

varón de alcohol disuelto tras tu piel:

fiebre en tu éxtasis y mimo en tus desvelos,

no llorés...¡bebeme!... soy tu vino,

y con mi cuerpo innumerable te amaré,

pájaro líquido en la cumbre de tu carne [...]

Revivo por la hermosa catástrofe de amarte

ya muerto, y muerto te amo,

chorreando amor, querida:

qué escándalo de labios

que voy a provocarte!

Nos barajó el misterio

la dicha que no había

de fermentarme entero

y ser tu mar de amantes;

desciendo a tus aljibes incógnitos de mina

y embriago una por una

las bocas de tu sangre»

(El Vino Enamorado: Horacio Ferrer, 1980), espacio de permisividad también más acorde al espíritu de los tiempos.

BIBLIOGRAFÍA

BORGES, Jorge Luis: Historia del Tango, en Palermo de Buenos Aires/Evaristo Carriego.
Obras Completas XI. Buenos. Aires: Emecé, 1974.
BRA, Gerardo: "Las heroínas del tango", en Todo es historia. Buenos Aires: Año XVII, abril, 1984- Nº 204.

"Zwi Migdal. La mutual de los rufianes", en Todo es historia. Buenos Aires: Año X, junio, 1977- Nº 121.
GUY, Donna: El sexo peligroso. La prostitución legal en la Argentina 1875-1955. Buenos
Aires: Sudamericana, 1994.
GUY, Donna: "¿Por qué se fomentó la prostitución en Argentina?" Entrevista de D. Ulanovsky Sack; Clarín, 17/7/94.
LACAN, Jacques: Lectura estructuralista de Freud. México: Siglo XXI Editores, 1971.
PIGLIA, Ricardo: La Argentina en pedazos. Montevideo: Ediciones La Urraca, 1993.